ME TRAGUE MIS PALABRAS COMO UN GUSANO

Es difícil olvidar cuando realizas un viaje, en especial si durante éste sucede un hecho muy singular, casi salido de una novela de ficción o quizá debería de decir de una novela de terror, al menos desde mi perspectiva. Y esto me aconteció en un viaje que hice hace tres meses a las islas Filipinas, si aún tengo el sabor de esa región en mi boca y no creo que se me vaya a borrar. Las escenas quedarán indelebles en mi memoria, eso es seguro, además unas cuantas fotografías quedarán en el registro familiar.

 

            Uno siempre piensa en destinos netamente turísticos cuando de viajar se trata. Lo primero que se viene a la mente es un lugar rico en historia, abundante en cultura y variado en folklore. La mente automáticamente busca referentes en culturas como la incaica en Perú y se traslada mágicamente a Machu Picchu por ejemplo, esas ruinas maravillosas que quedaron testimoniando el paso de una cultura fabulosa por el valle del Cusco. Otros pensaremos en la cultura romana y sus influencias hasta nuestros días y nuestra mente perfilará la silueta del Coliseo Romano y nos imaginaremos una titánica lucha de gladiadores en su ruedo con el público clamando sangre en las tribunas o las angustiosas horas de los incipientes católicos defendiéndose de feroces fieras a las cuales eran arrojados. Quizá pensemos también en la gran cultura Maya y nuestra imaginación entonces se remonte a las pirámides centroamericanas que albergaron los mejores años de esa cultura y todos sus adelantos e increíbles profecías en ellas inscritas. Yo en este caso hice un ejercicio de anti populismo y mi mente buscó un destino menos común. Al menos yo nunca había puesto los ojos en esas coordenadas de
La Tierra, sin embargo por alguna causa esta vez cambié esa constante y planeé un viaje a Filipinas. En retrospectiva pienso que quizá mi elección se debiera a la relación que este país guarda con España, y es que las islas Filipinas llevan ese nombre en honor a Felipe II de España y es considerada la única nación europea de origen hispánico. Otro dato curioso es que este es uno de los dos únicos países en que predomina la religión cristiana en el continente asiático.

 

            Y es así como de buenas a primeras salí viajando a Filipinas, que contrariamente a lo que se pueda pensar no es una sola gran isla y con unas cuantas islas más a su alrededor. Las Filipinas son en buena cuenta un archipiélago de más de siete mil islas y un área total de 300000 Km2. La capital de este país en Manila y nos presenta un clima tropical, húmedo y caliente. La gran mayoría de sus islas está cubierta por selvas tropicales y casi todas ellas son de origen volcánico. Es una zona por demás convulsionada, y no hablo de política sino de que siempre ha sido golpeada por toda clase de desastres naturales. Con estos antecedentes bajo el brazo y las precauciones del caso llegué a mi destino. Encontré que era un país sencillo, de costumbres extrañas así que decidí seguir la tónica y me hospede en un hotel de condición modesta tratando de no llamar mucho la tensión, aunque por mis características físicas no creo haberlo logrado. Es más quizá por eso fui el “punto” y terminé en una embarazosa situación.

 

            Sucedió que en uno de los días decidí evadirme del tour por unas horas, gravísimo error. Al margen de algunos grupos fanáticos y fundamentalistas que merodean por las selvas y de cuando en vez les gusta secuestrar turistas existían otros “peligros” de los cuales no fui advertido debidamente. Como venía diciendo, en uno de los tours que nos trasladaba hasta la isla de Palawan, decidí ausentarme por unas horas. Es así que me adentré por unos villorrios cercanos a nuestro punto de encuentro. Ahí fui interceptado por unos aborígenes que no tomaron a bien mi intromisión, afortunadamente para mí, entre ellos había un intérprete con el cual pudimos llegar a un feliz acuerdo. Gracias a este providencial felipillo supe que si había decidido pisar ese territorio debía aceptar su costumbre y en este caso no pasaba de un inocente almuerzo. Eso pensé inocentemente, valga la redundancia. El hecho es que fui trasladado, de la mejor de las maneras eso sí, hasta el lugar de reunión de parte de la tribu. Una vez ahí el intérprete me indicó que en ese lugar abundaba el árbol del mangle y que en su corteza se encontraba un gusano muy nutritivo. Ahora si creí adivinar por donde iba la cosa pero ya estaba allí y no pude zafarme. Después pasó a mostrarme el arte de comer estos gusanos tal como estaban, crudos. Un retorcijón me recorrió el esófago y me imaginé rodeado de gusanos y semidesnudo como aquellos nativos. No fue nada del otro mundo. Sacaban la corteza de los árboles, le hacían un pequeño corte y ubicaban fácilmente al gusano del mangle. Mansamente lo retiraban de la corteza tomándolo por uno de los extremos y descolgándolo entre el pulgar y el índice lo enjuagaban en agua. Esta operación previa era para quitarles el sabor a mangle, luego pasaban a remojarlo en una extraña salsa anaranjada que no se me antojó preguntar a base de qué estaba hecha, y luego procedían a introducirlo a lo largo en sus bocas. Asquerosos. Y tuve que tragarme mis palabras, pero antes tuve que tragarme unos cuantos gusanos. La verdad, el sabor es casi neutral y sólo algunos presentan un tímido sabor a madera, deben ser los más concentrados supuse mientras sonreía y compartía unos gusanos con mis nuevos amigos.

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