LA FIESTA PROMETIDA
Ayer me comuniqué con un viejo amigo de los años de la universidad. El ahora se encuentra en otro país trabajando junto a su familia. Recordábamos un viaje que hiciéramos en compañía de un amigo más. En realidad no se trató de un viaje propiamente dicho. Al menos yo entiendo un viaje como un desplazamiento que implique pernoctar al menos una noche fuera de tu lugar habitual de descanso. Más bien hicimos una travesía normal de cualquier sábado, es sólo que esta vez implicaba un pequeño traslado a las afueras de la ciudad, sería un total de tres horas entre ir y regresar aproximadamente. Mi amigo, Miguel, me había convencido durante la semana que se trataba de una oportunidad inolvidable. El trabajaba en una conocida entidad bancaria del país que a su vez estaba organizando una fiesta por su aniversario. Merced a este acontecimiento cada uno de los trabajadores del banco en cuestión podía invitar dos personas más a la fiesta. La celebración tenía una Orquesta que iba a animar la fiesta y empezaba temprano prolongándose hasta ya bien entrada la madrugada. Como digo, nada del otro mundo. Sin embargo mi amigo me convenció de que me iba a presentar unas amigas muy mozas que tenía y querían conocer algunos chicos, es por eso que también convocó a Ramón, otro amigo de nosotros.
Yo por mi parte ya había estado saliendo con una chica durante la semana pasada y prácticamente ese fin de semana iba a definir las cosas de la mejor manera. Mi futura novia me había deslizado la posibilidad de quedarnos solos en su casa a cenar y escuchar música ya que sus padres iban a viajar. Motivos no tenía para alejarme de la ciudad pero a tanta insistencia de mi amigo decidí aplazar mi cita e ir a la fiesta del banco. Esa semana transcurrió rápido entre el trabajo y la rutina diaria. El sábado como siempre dormí hasta tarde y almorcé en casa. Por la tarde salí a comprar un poco de música y ya por la noche me alisté para encontrarme con mis amigos. El punto de reunión era mi casa. Miguel llegó vestido informalmente con un jean y una camisa además de varios mililitros de perfume, según él tenía razones poderosas para hacerlo, en fin. Por su parte Ramón también se acercó hasta mi domicilio y juntos partimos rumbo a la fiesta. Uno de los tantos argumentos que ofreció Miguel para que lo acompañemos fue el servicio de movilidad que el banco ponía a disposición de los asistentes a la fiesta, no me pareció nada del otro mundo pero iba a resultar muy útil a la hora del retorno de la fiesta cuando ya las bebidas hubieran hecho su trabajo y lo alejado del lugar y lo avanzado de la hora dificultaran el regreso, eso pensé ingenuamente en esos momentos. Sin embargo a la ida no había ningún problema, así que contratamos un taxi que la verdad no resultó muy barato que digamos. Y ahí íbamos, Miguel traía una cara de felicidad que no le cabía en el rostro, según él, esa era su noche. Había estado pretendiendo a una compañera de su trabajo y no había encontrado mejor oportunidad que ésta para poner en práctica sus habilidades de conquistador según él. Por nuestra parte Ramón y yo estábamos más interesados en las posibilidades de la fiesta, se podía conocer gente importante y hacer buenas amistades aunque no nos desagradaba la idea de conocer a las guapas compañeras de Miguel según sus propias palabras.
Tal como pensé fue poco más de una hora de camino de ida a la fiesta. Algunas zonas de la carretera presentaban una oscuridad muy tupida apenas disimulada por los cañones de luz de los autos. Sin embargo tuvimos suerte de contratar un taxista conocedor de la zona, llegamos puntuales a la fiesta, aunque a decir verdad ya la misma estaba bien avanzada y mucha gente quemaba sus últimos cartuchos de la noche. Cuando llegábamos vimos a algunos retirarse, varios zigzagueando a duras penas llegaban hasta sus autos, un desmadre que para nosotros recién arrancaba.