LA FIESTA PROMETIDA TERCERA PARTE

Ya instalados en el lugar propiamente dicho, le preguntamos a Miguel acerca de las amigas que nos prometió presentar. Nos solicitó paciencia y se excusó por unos instantes mientras procedía a buscarlas entre las mesas y entre los que aún tenían fuerzas para bailar al ritmo de una desgraciada melodía. No me di cuenta pero Sandra, la amiga de Miguel y de Ramón había vuelto a la carga e hizo presa esta vez del cuello de Ramón colgándose cual mico entre balbuceos e increpaciones. Algo oí que le reclamaba acerca de un viaje que él le había prometido y nunca cumplió. Parece ser que Miguel no era el único representante de las promesas incumplidas. Mientras pensaba esto decidí dejar solos a la nueva parejita para que arreglaran sus entripados, mientras yo me dirigía a uno de los puestos cercanos a buscar algo de tomar. Ya antes habíamos seguido esta rutina, de dividirnos a mitad de la reunión o de la fiesta en cuestión para reencontrarnos de rato en rato de forma espontánea.

 

            Llegando al kiosco me hice con una cerveza pequeña y me paré de espaldas al escenario, no tenía ninguna gana de celebrar a esos ineptos y de paso me divertía mirando cómo bailaban las parejas. Las mujeres con su gracia natural lo hacían muy bien por lo general pero los hombres se veían muy forzados y en algunos casos hasta aparatosos, definitivamente el baile anda más por el lado femenino que masculino, zapatero a tus zapatos pensaba. En esas observaciones estaba cuando vi pasar a Miguel, marchaba solo y traía rostro de preocupación, lo vi afanado en la búsqueda de su gente, mejor dicho de sus compañeras de trabajo, las cuales nos prometió presentarnos. De rato en rato se paraba a saludar a sus demás colegas conocidos pero no era lo que él buscaba, se notaba su desasosiego y me divertí. En esos momentos supe que difícilmente Miguel cumpliría su palabra, y mi otro amigo andaba en no sé qué líos, así que decidí actuar por mi cuenta y al rato me aventuré a conocer alguna chica y cuando menos me di cuenta ya había pasado a formar parte del ridículo general tratando de seguir el ritmo tropical que en esos momentos proponía la banda, otra vez, desgraciadamente. Ni hablar, a veces hay que viajar lejos y hacer ciertas concesiones para conocer una chica atractiva.

 

            Habrá pasado una hora desde que empecé a bailar sin parar y dos desde que llegamos a aquel circo. Mi camisa estaba empapada de sudor por el forzado ejercicio aeróbico y me rendí, excusándome por mi falta de físico e invitando a mi casual compañera y pareja de baile a abrevar una bebida. Ella, aceptando de buena gana y hasta animada diría yo, me tomó de la mano y me llevó hasta su mesa, ahí me presentó con sus compañeras de trabajo me invitaron a sentarme y compartir la mesa con ellas. Lo que es la vida, yo sin proponérmelo disponía ahora de un harem que la verdad no estaba nada despreciable, y me relajé sobre mi silla. Transcurrió otra hora y ya éramos amigos todos en la mesa, de rato en rato veía cruzar a Miguel pero él no me reconocía, de Ramón ni noticias. Serían ya cerca de las tres de la madrugada y decidí pasarle la voz a Miguel en uno de sus distraídos cruces por mi mesa. Lo reclamé con grito fuerte y enérgico, el giró la cabeza y no me advirtió ni en primera ni en segunda instancia, así que, apiadándome de él me levanté de mi asiento invitándolo a acercarse. Su rostro fue gracioso, poco le faltó para hincarse y reverenciarme por mi feliz destino. Y se acercó, lo presenté y prácticamente lo despedí también, porque ya era la hora en la que los autobuses salían del club rumbo a la ciudad. Nosotros no habíamos llevado auto y teníamos especial interés en aquel transporte. Nos despedimos de las guapas chicas, anotando cuidadosamente los datos personales de cada uno y brindando los nuestros por cierto. Ramón apreció finalmente en medio de la ahora carcomida pista de baile, andaba en arrumacos con la tal Sandra así que simplemente le tocamos por encima del hombro y le hicimos la señal de retirada. Entendió en primera y marchó con nosotros.

            Al llegar al punto de salida de los autobuses nos topamos con la sorpresa que estos estaban casi abarrotados, a duras penas logramos ingresar en uno de ellos y tuvimos que regresar de pie un largo trayecto, yo por mi altura estaba incómodo y terminé con un dolor cervical espantoso. Durante todo el camino de regreso estuvimos machacando a Miguel sus promesas incumplidas, no nos había presentado a nadie, la fiesta había empezado mucho más temprano, la orquesta estuvo poco menos que grosera y encima teníamos que regresar del viaje apretujados como sardinas en el bus. Las recriminaciones fueron entono amical y bromista por supuesto y terminamos hablando de cine y recomendándole que viera la película Mentiros Mentiroso con Jim Carey que andaba de moda por esas épocas.

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