LA FIESTA PROMETIDA SEGUNDA PARTE

Y llegamos a la fiesta. Un viaje corto como decía. Afortunadamente el taxista que contratamos conocía bien la ruta. Serían las diez de la noche cuando descendíamos del auto y nos presentábamos con pase en mano en la puerta del club que albergaba la tan mentada fiesta. Miguel iba por delante y, presentando su credencial que lo acreditaba como trabajador del Banco, fue el primero en ingresar. A continuación lo hice yo mostrando mi tarjeta de invitación, luego Ramón me siguió. En la puerta, nada más haber ingresado vimos que mucha gente se retiraba con rostros que evidenciaban haber dejado todo el resto en la pista de baile. Algunas chicas incluso se habían quitado los zapatos de tacón alto y avanzaban descalzas por la pista que las conducía hasta la playa de estacionamiento donde se encontraban aparcados sus automóviles. Detrás de ellas los hombres se habían agrupado como buitres ofreciendo a llevarlas hasta sus casas, otros más osados las invitaban a continuar la diversión en algún local nocturno de la ciudad, todos teniendo como denominador común la poca inteligibilidad de su fraseo. El alcohol, como era de suponerse había hecho su trabajo para entonces y muchos a duras penas se mantenían en pie pero aún se creían reyes de la noche. Sin embargo esta situación no era exclusividad masculina porque pudimos ver un grupo de chicos y chicas que formaban un círculo a unos cincuenta metros de nuestra posición. Cuando unos cuantos avanzaron se pudo ver entre ellos a una chica que andaba muy mal, una amiga la ayudaba a caminar sosteniéndola de su cintura mientras había pasado uno de sus brazos por encima del hombro, al tiempo otra del mismo grupo le iba facilitando un pañuelo para que se fuera limpiando conforme regurgitaba y así iban a trancas, sobre parando de rato en rato cuando las arcadas acometían. Esas fueron nuestras primeras escenas de la fiesta.

 

            Sin salir de nuestro asombro seguimos caminando, ya se escuchaba la música de la orquesta que para mi gusto sonaba muy mal pero en fin, así eran estas cosas. Ante nosotros apareció una extensa área verde, se trataba de una cancha reglamentaria de fútbol que debíamos atravesar a lo largo rumbo a la ubicación de la fiesta propiamente dicha. Y avanzamos. A nuestro paso topábamos a cada rato con grupos de chicos y chicas que habían improvisado unos lugares de descanso sobre la hierba, simplemente conversaban o se pasaban las botellas de mano en mano. Habían encontrado una mejor forma de pasarla, a decir verdad por la música que escuchaba en esos momentos, pensé en unirme muy pronto a ellos. En eso una voz femenina reclamó el nombre de Miguel, pero algo sonaba mal, no, no era la música. Cuando Miguel y nosotros nos acercamos a la procedencia de la voz nos topamos con una amiga de Miguel llamada Sandra. Ramón también la conocía, sólo faltaba yo, sin embargo las ganas se me quitaron cuando la vi en total estado etílico y con un aliento más que potente. Ella entre disfuerzos se colgaba del cuello de Miguel y le reclamaba su demora, mi amigo por su parte no sabía como desembarazarse de la jocosa situación y no tuvo más remedio que mentirle y decirle que todo el tiempo había estado allí pero que no la había ubicado. No se cómo, pero logramos zafarnos del problema y seguimos avanzando sorteando a los que se encontraban “acampando” en el césped.

 

            Terminado el sorteo de “obstáculos” llegamos hasta un par de piscinas gemelas que se mecían sobre una pequeña meseta de concreto. El tránsito por ahí también estaba recargado puesto que los baños se encontraban en esa dirección. La gente iba y venía, otros se paraban a conversar al borde de la piscina arriesgando el equilibrio. Algunos se habían sentado en los alrededores de las albercas rendidos por lo que les ofreció la  jornada. Y seguimos avanzando, perdiéndonos por la parte lateral izquierda de una de las albercas. El camino en cuestión desembocaba en otra cancha de fútbol en donde se había levantado el estrado de la fiesta. Con tanto obstáculo se podría decir que nuestro viaje había llegado a s u fin, pero no. Aun faltaban algunas sorpresitas en las pocas horas de fiesta que quedaban.

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