DESPEDIDA DE LA VIDA DISIPADA EN VALPARAISO

Últimamente se me ha dado por darles un tenor histórico-periodístico a mis viajes. Hasta hace un tiempo en mi mente revoloteaban los destinos de viaje que podríamos definir como clásicos. Me atraía la idea de viajar en un crucero a Tahití donde una amiga me había comentado que podía dar rienda suelta a mis acostumbrados desenfrenos nocturnos. Otro amigo me sugirió viajar a

la Isla Contadora donde igualmente podría broncearme en las mañanas y juerguearme por las noches con bailes típicos de la ciudad. Yo por mi parte pensaba en ir por quinta o sexta vez, no recuerdo, a tomar parte en las celebraciones del Mardi Grass y sus conocidas noches sin control. También quería viajar al Carnaval de Río y participar en alguna escuela de samba a despecho de no considerarme un buen bailarín. Se me paso también la idea de malgastar mi tiempo tratando de quebrar a algún casino de Las Vegas como lo intentó hacer aquel estadístico de décadas pasadas del cual no recuerdo su nombre. Lo convencional tampoco escapaba a mis anteriores gustos, por ejemplo quería presentarme den Nueva York, la ciudad que nunca duerme, como bien dice la canción de Frank Sinatra, de ahí sí que regresaría más flaco. Sin embargo, como dije en líneas arriba, este espíritu juerguero, más que aventurero, abandonó mi cuerpo e invitó al espíritu de la curiosidad y de la fisgonería. Es así que en mi mente empezaron a aparecer destinos de oriente y medio oriente. Repentinamente quise visitar
la Pirámide de Keops e investigar todo lo que estuviera a mi alcance acerca de la cámara del faraón y sus propiedades de conservación en el tiempo. También quise irme a Grecia, uno de los mayores focos culturales de la humanidad y empaparme de toda su filosofía. Me interesó también perderme en el Tíbet, y de permitírseme, retirarme en cuerpo y alma con los monjes tibetanos. Y estos sentimientos no los cogí como se coge un resfriado, fue a raíz del gusto que desarrollé por la lectura. Un buen amigo me había estado facilitando unos libros de misterios universales, civilizaciones perdidas y esas cosas, ahí fue que quedé adoctrinado.

 

Y, en especial, uno de esos misterios me llamó la atención y s eme antojó comprobarlo in situ. Se trataba de los gigantescos totems que se levantan sobre
la Isla de Pascua en jurisdicción chilena. Hay muchas leyendas, versiones encontradas y hasta especulaciones que hablan de que fueron construidos por seres sobrenaturales o venidos del espacio exterior como mínimo. Había que viajar hasta allá para estar frente a frente a estos magníficos y mudos vigilantes de piedra, recoger opiniones de expertos, especialistas, historiadores y, por supuesto, de los nativos del lugar. Me decidí entonces a tomar un vuelo directo a Valparaíso, desde donde partiría a
la Isla de Pascua, además en Valparaíso podría informarme preliminarmente de los misterios de esta isla ya que se encuentra bajo su jurisdicción. El asunto fue que cuando llegué a Valparaíso fui cautivado por sus playas y por sus hermosas edificaciones, así que decidí despedirme de mi anterior vida con unas cuantas noches en Valparaíso.

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