AMISTADES PASAJERAS

Recuerdo que cuando viaje a Buenos Aires por primera vez, sentí mucha valentía como para irme sola pero al mismo tiempo un poco de miedo por la situación, sin embargo, la valentía sobrepasaba todo los niveles y yo creía que sola en una ciudad nueva que conocía solamente por fotos, por películas y por documentales, la podría pasar bien.

Cuando emprendí el viaje, lo menos que pensaba ya era en esas cosas, sólo en pasarla bien, pero las cosas raras empezaron desde que aterricé en el aeropuerto de Chile, allí casualmente me topé con una señora y su hija, las cuales me preguntaron si iba en el mismo vuelo, es decir con destino a Buenos Aires, y por donde quedaba la puerta de embarque que nos tocaba para el próximo vuelo. Yo les contesté con lo poco que sabía del aeropuerto de Chile, que debíamos tomar la puerta 17B y le hice una señal con dirección a dicha puerta, con ese pequeño cruce de palabras supe que había buena onda.

Luego, cuando las busqué para abordar juntas, ya no las encontré, así que tomé el vuelo y simplemente espere a que en el aeropuerto de Ezeiza me recogiera mi guía, sin embargo el guía tenía una pizarra donde no sólo estaba mi nombre, sino también el nombre de otra persona y grande fue mi sorpresa al ver que en ese vuelo, entre tanta gente que volaba en ese avión, nos volvíamos a unir, intercambiamos sonrisas y nos subimos al auto que nos llevaría a nuestro hotel, y por otra de las casualidades del destino, iríamos al mismo.

Una vez que llegamos, sinceramente que no lo podía creer, nos tocó también en el mismo piso, claro que en habitaciones separadas, pero una al lado de la otra, ya era demasiada casualidad, para ser verdad.

Como yo me encontraba con aires muy independientes, decidí apenas dejé mis maletas en el hotel, salir a la calle a caminar por esas veredas de la avenida Corrientes que siempre admiré desde lejos, desde los videos, desde las películas y que en la realidad se veía realmente maravilloso. Cuando regresaba a mi hotel, después de haber caminado algo y sentir que debía ponerme algo por el frío, me encontré con esa señora y su hija, que me animaron para irnos a comer las tan mentadas carnes argentinas.

Así salimos a ese lugar, y en general, pasamos nuestros días de esa manera, acompañadas, siempre salíamos en la mañana juntas en grupo, para comprar o para ir a otro lugar turístico a conocer.

El hecho fue que fue difícil despedirnos, sin embargo, nadie presagiaba que nos volveríamos a ver. Un día que acompañaba a mi mamá a la casa de una amiga, me di con la sorpresa que esa amiga a la cual íbamos a visitar era nada más y nada menos que aquella señora con la que compartí, sin querer, ese viaje.

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